Analizado en PC
Capcom está a punto de cumplir una década desde que reinventó su rumbo con Resident Evil 7. En este periodo, ha encadenado éxito tras éxito y ha destacado por su buen trato a los empleados, consolidándose como uno de los estudios más atractivos para trabajar en la industria actual.
Esta etapa de bonanza le ha permitido no solo sostener el peso de sus franquicias más reconocidas, sino también apostar por nuevas IPs capaces de estar a la altura de su legado.
Tras el discreto lanzamiento de Kunitsu-Gami: Path of the Goddess, llega PRAGMATA, un proyecto que tardó seis años en materializarse desde su anuncio y que acumuló hasta tres retrasos públicos. Ahora, con el juego finalmente en el mercado, podemos decir que se trata de una de las anomalías más llamativas de la industria en los últimos años.
Son lágrimas de hombre
De entrada, debo decirlo: es la primera vez que un videojuego me hace llorar.
En PRAGMATA encarnamos a Hugh Williams, un astronauta solitario que llega a la Luna junto a su equipo para investigar por qué la humanidad dejó de comunicarse con la Tierra. Ya en el satélite, un terremoto —¿o “lunamoto”?— y una horda de robots rebeldes están a punto de matarlo, hasta que es rescatado por Diana, una misteriosa niña capaz de hackear tecnología.

PRAGMATA plantea una historia de ciencia ficción en un futuro cercano donde la tecnología, aunque muy avanzada, se mantiene dentro de lo factible. Desde el traje híbrido de Hugh hasta el “lunafilamento”, un material que permite imprimir casi cualquier cosa en 3D y convierte la base lunar en un entorno casi autosuficiente, todo refuerza una visión futurista, pero creíble.
Y ahí es donde empieza lo mágico. Diana —esta niña androide— se convierte en tu compañera tanto en lo narrativo como en lo jugable, volviéndose indispensable para sobrevivir. Como máquina, aprende lo que significa ser humano a través de su inesperada figura paterna, con diálogos llenos de descubrimiento y momentos genuinamente tiernos. A su vez, Hugh aprende de la paciencia y el humor de su compañera, dando forma a un viaje de crecimiento personal para ambos.
Mientras Hugh intenta descubrir qué ocurrió con la humanidad, Diana busca entender quién es… y para qué fue creada.

Para profundizar en su historia, PRAGMATA recurre a boletines y correos electrónicos que expanden la vida en la Luna y detallan las actividades de los científicos de la corporación Delphi. A esto se suma un sistema de replays que permite reconstruir eventos pasados mediante hologramas al llegar a ciertos puntos.
La trama evoluciona con la introducción de un nuevo personaje hacia la mitad del juego y acelera con fuerza en su tramo final. Es precisamente ahí donde golpea más duro: en mi caso, logró sacarme lágrimas en dos momentos clave. Sin ser perfecta, su historia es lo suficientemente potente como para quedarse contigo, y su desenlace logra tocar fibras profundas. Si te gusta la ciencia ficción —o si vienes de leer Project Hail Mary—, este juego tiene todo para atraparte.

Multitasking en su máxima expresión
La dualidad que plantea la historia se traduce directamente en su sistema de combate, construido sobre dos pilares bien definidos.
Hugh es el personaje que controlamos: un astronauta equipado con un traje mejorable que incorpora un sistema de propulsión. Puedes llevar hasta cuatro armas: una principal, una de apoyo —pensada para desequilibrar o aturdir enemigos—, un arma pesada y una opción defensiva. Sobre el papel, tienes todo para arrasar… pero hay un giro clave.
Y es que tus ataques no causan daño si antes no interviene Diana.
Antes de disparar, puedes hackear a los enemigos accediendo a su software mediante un rompecabezas en forma de tablero lleno de nodos. El objetivo es avanzar hasta neutralizarlos, y en el proceso puedes añadir nodos especiales que potencian el hackeo: más daño, parálisis o incluso hacer que los robots ataquen a sus propios aliados.

Lo mejor —y, sinceramente, un alivio— es que este sistema dual nunca se vuelve monótono. Al contrario, escala en complejidad y añade una capa constante de tensión a medida que aumentan las hordas de enemigos.

Diana también puede ejecutar un hackeo masivo tras completar una serie de miniataques, ideal para limpiar combates más rápido. Esto se vuelve clave porque cada enemigo tiene sus propios patrones, puntos débiles y niveles de resistencia, que además evolucionan conforme avanza la aventura.
Por fortuna, PRAGMATA también destaca por la libertad que te da para definir tu estilo de juego. En el refugio puedes mejorar tus armas según tu preferencia, así como potenciar chips de daño o soporte que encuentras repartidos por el mapa. Al final, eres tú quien diseña su estrategia en tiempo real, añadiendo una capa extra de profundidad al combate.

En cuanto al diseño de niveles, el juego propone seis misiones principales distribuidas en distintos sectores de la base lunar. Aunque son mayormente lineales, recompensan la exploración con coleccionables, mejoras y chips que fortalecen a tu personaje. También puedes encontrar memorias de los antiguos habitantes de la Luna, que recrean momentos de la vida en la Tierra: desde un día de playa hasta espacios personales cargados de nostalgia.

Mi principal reparo está en la estructura de estos niveles. Más allá de sus particularidades visuales, suelen repetirse en su planteamiento: avanzar, liberar puntos de control y enfrentar a un jefe al final. Se echa en falta mayor variedad en el ritmo o propuestas más sorprendentes. Dicho esto, su duración relativamente corta hace que esta repetición no llegue a desgastar; de hecho, para algunos jugadores esto podría ser incluso una ventaja. Aun así, personalmente hubiese agradecido un poco más de riesgo en su diseño.
Eso sí, conviene aclararlo: PRAGMATA no es un juego particularmente difícil. Una vez que entiendes su ritmo, pocos enemigos logran ponerte en aprietos. Si buscas un verdadero desafío, tendrás que completar una segunda partida para desbloquear la dificultad Lunática, donde el juego finalmente muestra los dientes.
Maravillosa ambientación
Este juego logra diferenciarse de otros títulos espaciales gracias a una estética mucho más limpia. Hay momentos donde apuesta por el minimalismo, pero también otros en los que despliega vistas realmente espectaculares.

La base lunar es, sencillamente, uno de sus mayores logros. Está construida casi como si fueran biomas: hay zonas que evocan junglas, otras que recuerdan a New York, e incluso áreas marcadas por la corrupción del entorno. El juego es consciente de esta fortaleza y la aprovecha constantemente; en varias escenas amplía el ángulo de visión para que puedas detenerte a contemplar la magnitud del satélite y sus paisajes.

La música acompaña bien los momentos clave, aunque no llega a convertirse en un elemento especialmente memorable dentro del conjunto.
En PC, PRAGMATA luce espectacular y se desempeña con solidez incluso en configuraciones de gama media. Sí, hay algún bug ocasional —inevitable en producciones de este tipo—, pero nada que llegue a empañar una experiencia que, en lo visual, resulta realmente notable.
Dicho sea de paso, el juego te tendrá sentado frente al monitor durante unas 12 horas en promedio. Si buscas el 100 % de las cosas y sacar el platino, el tiempo se duplica.
¿Vale la pena PRAGMATA?
PRAGMATA llega para reivindicar un enfoque más clásico: mundos lineales donde la clave no es acumular cientos de horas, sino lograr que cada una de las aproximadamente diez que dura la campaña tenga verdadero peso.
La relación entre Hugh y Diana es de lo mejor que se ha construido en años —fácilmente comparable con The Last of Us—, y culmina en una resolución capaz de sacarte lágrimas. A nivel jugable, su sistema de hackeo destaca como una de las mecánicas más tensas, adictivas y memorables de los últimos tiempos.
Aunque su duración puede sentirse corta, el juego se posiciona como una de las propuestas más interesantes del año. Es, además, otra confirmación de que Capcom atraviesa uno de los mejores momentos de su historia: uno en el que no solo puede apoyarse en sus grandes franquicias, sino también arriesgar con nuevas IP y salir bien parada. Vigilen los cielos.


