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Nos Dicen Gamers

Antes no nos decían gamers (Parte 3)

"Antes no nos decían gamers" es una crónica que busca contar cómo era ser un jugador de videojuegos en la década de los 80. Léelo quincenalmente en nuestra web.

Puedes leer la parte 2 aquí

¿Crees en los milagros de navidad?

Para el final de la década de los 80 y con la(s) crisis ya narrada el panorama no era prometedor. Es difícil de describir, pero creo que había una especie de consenso en la sociedad que hacía que todos sintieran que el Perú era como el Titanic. Al principio nadie imaginó que llegaríamos hasta donde estábamos en ese momento. Me imagino que es el efecto certero de la hiper inflación. Es por estos años en que comienza una masiva migración al extranjero y uno no se da cuenta hasta que vas a reuniones familiares y se comienza a ausentar un primo o tío, o hasta familias enteras. 

“Ah si, tu tío Pepe se fue a Argentina (o Chile, España y los que tenían más recursos a USA) a trabajar” era la explicación más común cuando preguntabas por aquellos ausentes.

Esto también causó que esos mismos parientes le alegraran la navidad con remesas a sus familias que no la estaban pasando tan bien con una moneda tan devaluada como el Inti peruano y se fue haciendo cada vez más popular el “mercado gris” de productos de contrabando como Polvos Azules o Polvos Rosados para quienes buscaban algún regalo especial, especialmente para los niños. Me da la impresión de que es aquí donde las consolas comienzan a ganar popularidad en los barrios más céntricos de la capital y comenzaron a aparecer los “clones” de la NES con nombres tan variopintos como Creation, Mastergames o la que finalmente llegó a mis manos en la navidad del 89: la NASA.

Cuando se es niño la navidad es una mezcla de emociones y de expectativas en la que puedes llevarte una gran sorpresa o una decepción descomunal. En el caso de mi familia siempre la pasábamos en casa de mi abuela paterna en el Callao junto a tíos y primos como en los comerciales de televisión. 

Había abundante comida, cohetes de todo tipo (desde silbadores, rascapiés, calaveras hasta volcanes), regalos de todo tamaño para los sobrinos y siempre el regalo más grande nos lo hacían nuestros padres a cada uno. Para este momento, ya llevábamos algunos años en que sabía que la economía se había complicado y dado que yo era el mayor de los nietos (siendo la fórmula de la navidad: mayor edad = menos regalos) no tenía muchas expectativas… 

Sabía que mis viejos estaban contentos con mis resultados al terminar la primaria y ellos sabían lo que yo quería, pero cuando hubo posibilidades mi papá nunca se animó a regalarme el Atari y siempre tenía cierta reticencia a llevarme al Bing Bang, así que asumí que no recibiría videojuegos de su parte. 

Hasta que llegó la hora de darme su regalo y no tenía idea que podía ser. Tomen en cuenta que antes todo era más simple. Hoy el abanico de regalos que le puedes hacer hoy a un niño de 11 años es enorme; desde zapatillas, ropa, videojuegos, celulares o algún gadget. En mi caso los juguetes ya no me ilusionaban tanto como antes. Recibí una caja rectangular envuelta y traté de adivinar… 

¿Un carro a control remoto? ¡Se equivocaron, el fan de los autos era mi hermano!

¿Otro Playmobil? ¡Pero si el único que me regalaron fue a los 7 u 8 años, ya no estaba para eso!

Yo sabía de qué tamaño eran las cajas del NES y del MAXPLAY que tanto pedía y sabía cuánto costaban por eso di por hecho que la caja no contenía una consola.

Cuando lo abrí pude ver en el frente de la caja la cara de una especie de Robocop que parecía dibujada como los posters de películas en los cines de la India, el personaje tenía una pistola muy parecida al Zapper en la mano, unas fotos de unos mandos con 4 botones, 2 botones más que los del NES pero con un color distinto y una consola exactamente igual (al menos en la foto). En la parte trasera muchas fotos de juegos que no conocía. ¿Qué era eso? ¿Por qué decía “168 in 1” y porque se llamaba “NASA”?

Abrí la caja con una mezcla de incredulidad y ansiedad, no estaba muy seguro de lo que estaba recibiendo. En un mundo pre-TV por cable y pre-internet esta sensación era común. 

Mis tíos me animaron a conectarlo al televisor, pero con bajo volumen para no opacar la salsa ochentera que acompañaba todas las reuniones familiares. Por suerte yo ya había conectado el NES de Jaime muchas veces y ya sabía que hacer mientras mis tíos me miraban como si yo fuera Tony Stark construyendo su armadura.

Al conectarlo me dí cuenta de la verdad: ¡Tenía el mejor Nintendo del mundo! 

Muchos juegos incorporados, 2 mandos con botones TURBO para poder disparar, golpear y saltar más rápido y una pistola con otros juegos que no eran Duck Hunt para poder usarla. 

Fue un momento de felicidad que solo cuando eres un niño recibiendo algo que siempre quisiste puedes entender. Fue un momento en el que crees que “la magia de la navidad” que ves en los comerciales y en las películas de Hollywood es posible.

¿Y saben qué? Es un recuerdo que tengo en un cajoncito dentro de mi cabeza (o mi pecho) que siempre atesoraré.

Verano del 91 o como convertirse en un estereotipo

Ese verano lo pasé con mi primera consola, para ello me apoderé del único televisor de la casa: un Sony Trinitron de 15 pulgadas a colores junto a su voluminoso control remoto plateado. Lo llevé al segundo piso al cuarto que compartía con mi hermano menor a quien no le interesaban mucho los videojuegos (mejor para mí, si no me iban a obligar a compartir), contaba con que mi mamá y mi hermana no eran muy aficionadas a casi ningún programa de la tele y si mi viejo quería ver algo solo tendría que decírmelo y lo bajaba al primer piso a la sala.

Fue el verano del vicio, una vez que me aburrí de los juegos básicos del cartucho de “186 in 1” le pedí a Jaime algunos juegos de su colección prestados, también me enteré de que un par de vecinos tenían juegos y además con un adaptador (bastante feo) podía jugar los cartuchos de Maxplay (que usaba el formato de Famicom japonés) que tenían otro par de amigos de la cuadra. Jugué todo lo que pude, casi no dormí, no comí y tampoco salí de casa en casi todo el verano. Me convertí en un ser que solo sabía despertarse a jugar y quedarse con la misma ropa hasta que mi mamá no me ordene cambiármela, y si de mi dependiera hubiera seguido así hasta que un día como cualquiera salió ese monstruo que todo “vicioso” lleva dentro.

Una de nuestras actividades favoritas en familia era ir a la playa, estábamos en Miraflores y frecuentábamos la costa verde casi todos los fines de semana. Ir a la playa era sinónimo de nadar mucho, compartir helados, y almorzar pollo a la brasa o pescado frito. 

Pero yo ya no quería nada de eso. Yo solo quería jugar y jugar.

Un par de semanas antes de volver al colegio era uno de esos sábados de verano y tras haber rechazado la propuesta de mi papá de ir a la playa varias veces se me acercó a ofrecerme el mismo paseo, pero con otro tono y con una mirada bastante más seria: “Vamos a la playa con tus hermanos, no has ido para nada en todo el verano”. Volví a responderle que no quería mientras todos se alistaban para partir y subían al carro uno por uno.

“Vamos hijo, tus hermanos quieren ir contigo y nosotros también te estamos extrañando porque ya no salimos juntos. Ven para que nades que sabemos que es lo que más te gusta”. Era cierto, siempre me gustó nadar en el mar, pero ahora había algo que me gustaba más, quizás demasiado.

Si hubiera sido más inteligente me habría dado cuenta de que esas palabras eran una señal, pero no lo fui. Me puse terco mientras mis hermanos llamaban a mi papá apurándolo: “Creo que no…mejor me quedo”. Traté de acabar la conversación.

“Te vas a quedar sin almorzar, yo no voy a traer nada” me respondió un poco más serio.

“No te preocupes, como pan con mantequilla” contesté con soberbia.

De pronto se acercó al televisor mirando por la parte atrás, no hizo nada. Luego se acercó por primera vez a los mandos tratando de entenderlos, tampoco hizo nada.

Hasta que se asomó a la consola que estaba en una mesita debajo del televisor, encontró el cable de poder y la fuente y la desconectó. “Si no quieres ir a la playa con nosotros tampoco vas a jugar”, enrolló el cable de la fuente y se la llevó al carro.

Estallé en llanto. Yo no era de hacer berrinches y siempre tuve una excelente relación con mis padres, pero en ese momento sentí que me arrancaban un brazo. Me tiré al piso a pedirle perdón, pero él me miró con cara de decepción y se fue en el auto dejándome solo en casa. Su hijo era un “vicioso” y probablemente sintió que se equivocó al regalarme una consola.

La secundaria estaba a punto de comenzar, pero no sería el cambio más grande que me tocaría vivir. Lamentablemente para nuestra ya complicada situación las cosas estaban a punto de ponerse (aún) más difíciles.

El vicio que sobrevivió al Fujishock 

La primera mitad de los años 90 pasaron muchas cosas.

Hubo un nuevo presidente que nadie esperaba saliera elegido, los atentados terroristas que podían ser desde coches-bomba hasta apagones se hacían cada vez más frecuentes y el costo de vida seguía incrementándose, llegando a niveles que nadie hubiera presagiado. También ocurrió un cambio de moneda, ahora usaríamos Nuevos Soles, lo cual deprimió más los bolsillos. Recuerdo claramente la cara de mis viejos cuando Hurtado Miller dijo en TV nacional “que Dios nos ayude” al anunciar el “Fujishock” y el dinero dejó de tener el mismo valor de un día para otro. 

También ocurrió el atentado de Tarata en julio de 1992 el cual se sintió como un terremoto. Vivía a unas 15 cuadras de dicha calle y recuerdo que esa noche salí con la gente del barrio a ver qué había pasado. Todos nos fuimos por la avenida Arequipa junto con mucha gente que salía de las calles aledañas hacia el centro de Miraflores. Llegamos hasta el cruce de la avenida Shell con Larco desde donde vimos el incendio y la desesperación de la gente por ayudar en medio de la confusión. Regresamos al barrio cerca de la medianoche y no nos enteramos con claridad de lo ocurrido hasta que llegamos a casa y vimos los noticieros.

Para este momento ya tenía 13 años y hubo un antes y un después de Tarata. Se endurecieron muchas medidas como el toque de queda y era común ver militares en las avenidas principales. La cosa se estaba poniendo seria.

Ya nos habíamos aburrido un poco de la NES (o la NASA en mi caso) y había vuelto a hacer vida social, incluso salía los sábados en las mañanas con amigos del colegio al Bing Bang, para este momento el pimbol era donde estaban los juegos más espectaculares y habían dejado muy atrás las consolas de 8 bits. Máquinas para 1, 2, 4 y hasta 6 jugadores eran las favoritas y ya no tenía miedo a los “pirañas”, que tampoco era que hubiera muchos, ya que en ese local había un viejo vigilante que botaba a los malandros. Las fichas eran caras, pero con unas 2 o 3 me conformaba. El Bing Bang (que en estos años sería rebautizado como Bam Bam) era mi refugio, juegos de todo tipo desde los clásicos Sunsetriders, Turtles in Time, X-Men, Captain Commando, Vendetta hasta simuladores como Starblade o juegos de disparos como Terminator. También las primeras máquinas de NeoGeo que podían tener 3 juegos en una sola cabina; recuerdo que mis favoritos fueron Mutation Nation y Top Hunter. Eso sí, solo tenía permiso de ir en las mañanas hasta la hora de almuerzo como máximo.

De pronto un fin de semana apareció un juego nuevo en el que todos comenzaban a agolparse, era algo nunca visto. Había llegado Street Fighter 2 y de pronto se había inventado (o refinado, depende como lo veas) un género de videojuegos que me acompaña hasta hoy: los juegos de pelea.

Quedarse mirando como todos se retaban era como ir a un coliseo romano, pero con menos arena y claro está, sin sangre. Un elenco de personajes variado, poderes que no cualquiera podía hacer, buenos gráficos y unos efectos de sonido tan distintivos que se hicieron clásicos. Otra vez apareció en mi vida un juego que no me iba a dejar dormir.

Cuando llegaba temprano me podía quedar viendo a la gente retándose por horas, estaba obsesionado con sus personajes y escenarios, pero sobre todo con aquellos que tenían la habilidad para hacer los poderes, era un espectáculo ver los Sonic Boom y Hadoken. Traté de jugarlo varias veces, pero siempre había quien me retara y me eliminaban en segundos, por eso solo me limitaba a ir a mirar y a jugar mis Beat’em ups. Por las tardes dibujaba en mis cuadernos los poderes y a Ryu, Zangief y Guile entre otros. Había sido amor a primera vista, no lo puedo negar.

La impresión que me había causado Street Fighter no se me iba a pesar de que habían pasado algunos meses de haberlo visto por primera vez. Un día de invierno llegué al colegio y uno de mis amigos más cercanos con el que solíamos ir al rebautizado Bam Bam los sábados nos trajo una noticia que (otra vez) cambiaría todo. Coco del Río venía desde el distrito de Jesús María hasta Miraflores a diario para estudiar y nos contó algo impensable: “En mi barrio hay algo mejor que el Nintendo, hay un Super Nintendo con el nuevo Mario que tiene un dinosaurio, el mando tiene más botones y lo mejor de todo: puedes jugar Street Fighter 2 sin fichas todo el tiempo que quieras, por horas incluso”

Al principio no le creí, siempre hubo mitos y leyendas que se cuentan en los colegios que resultan ser mentiras. Otro compañero que vivía en Lince lo confirmó “Es cierto, yo vi un letrero por mi casa que decía lo mismo. Pensé que era falso como esos juegos que dicen Super Mario Bros 5”. Para este año los juegos de NES ya tenían sus versiones modificadas y solían poner la cara de Mario sobre los personajes de otros juegos como el de Los Picapiedras por ejemplo.

Tenía que saber si era cierto. Tenía que ir a ese barrio mágico donde los videojuegos están en todas las calles y todos los niños juegan Street Fighter sin miedo a que los elimine un retador más grande y experimentado. Tenía que verlo con mis propios ojos. 

Pero había un gran problema, yo tenía 14 años y nunca había tomado un micro. La cantidad de veces que me habían robado desde mocoso me hacían sentir muy inseguro de salir de mi barrio.

El poder del amor (a los videojuegos)

Pasaron un par de semanas en las que pude juntar algunas monedas y también pude juntar el valor necesario para salir de mi barrio. Coco del Río me hizo un croquis y me dijo qué color de micro debía tomar y nos íbamos a encontrar en un paradero en una avenida que no conocía, pero que él me había descrito. Un sábado por la mañana cambiamos la rutina de ir al Bam Bam y estaba dispuesto a ir a la tierra prometida (el distrito de Jesús María), le dije a mi mamá que iba a visitar a mi amigo a su casa a hacer una tarea y ella con una mezcla de preocupación y alivio (porque dejaba de ir al “vicio”) solo me dijo que tenga cuidado. 

Tomé un micro todo Angamos, luego tomó la avenida del Ejército hasta que (tal como me había dicho Coco) dio la vuelta en la avenida Brasil. Al llegar al paradero designado en mi mapa hecho a mano había un edificio angosto y de color beige con un letrero que decía “Galerías Brasil”. Coco estaba en el paradero pues le había avisado por el teléfono fijo que ya estaba saliendo y me recibió con esa sonrisa que solo tienen los amigos que te recomiendan una película o una serie. Tenía la sonrisa de alguien que va a compartir su felicidad.

Entramos a la galería, había mucha gente entrando y saliendo sobre todo adolescentes y gente de no más de 30 años. En la entrada había fotocopiadoras, tiendas de gaseosas y snacks y, unos metros más adelante, tiendas que vendían ropa y parches con logos de bandas de rock con música estridente de fondo. La primera impresión en esos breves metros no fue nada destacable, pero de pronto Coco me señaló una escalera angosta y cubierta en mayólica al lado del pasillo.“Vamos, sube” me dijo.

Al asomarme al segundo piso reconocí el ruido inconfundible de los videojuegos y pensé que estaba en otro “pimbol”, observé cuidadosamente los más de 8 locales que tenían sus vitrinas abarrotadas de gente. 

No eran las pantallas de una maquina arcade, no había palancas ni gente sacando fichas de sus bolsillos y, sin embargo, algunos estaban jugando un Mario que corría con un dinosaurio verde que nunca había visto. Otros estaban en un juego de autos que dividía su pantalla en 2 y los más valientes en una guerra encarnizada contra alienígenas a punta de metralletas, pero lo más sorprendente fue ver gente en pareja jugando Street Fighter 2 relajadamente mientras comían papitas y tomaban gaseosa.

“Una hora cuesta un sol con cincuenta céntimos”, me dijo Coco. Conté las monedas en mi bolsillo y le dije “Ya ¿Dónde pago?” pero él respondió “Está caro, vamos a otro sitio que conozco que cuesta menos”. ¿Adónde íbamos a ir si yo había encontrado todo lo que buscaba en ese lugar? 

Salimos por la calle opuesta a la avenida Brasil, que es la avenida Garzón. Me pidió que lo acompañe a su casa que estaba a unas cuadras. Fuimos, saludé a su mamá y me invitó algo de comer que me cayó del cielo pues no tenía presupuesto para nada más que jugar y regresar a mi casa.

Al salir me dijo “vamos por acá” y nos metimos por otras calles hasta llegar a un edificio con rejas. Subimos uno o dos pisos y tocó la puerta de un departamento, saludó a la seño que le abrió y le preguntó “¿Hay libre?” a lo que le respondieron afirmativamente.

La seño nos hizo pasar al comedor de su casa en el que había colocado pegados a una de las paredes 2 televisores a color y 4 sillas de madera de su juego de comedor. 

“Deme una hora de Street” le pidió Coco. El juego ya estaba en la consola así que solo hubo que prenderla y poner el canal 3 en la TV. La seño estiró la mano y sacó su cuaderno “Dale un sol” me dijo, a lo que (por supuesto) accedí. Comenzamos a jugar y me quedé sorprendido de estar jugando lo mismo que en el Bam Bam, pero en la pantalla de un televisor y sin ningún apuro. Por primera vez me salían los hadokens de Ken y Ryu además de las patadas rápidas de Chun Li, los movimientos de Guile iban a requerir más práctica, pero no importaba: fue una hora de felicidad.

Al terminar nos despedimos y Coco me dijo “vamos a otro lado, la seño solo tiene Mario y Street. Recorrimos otro par de cuadras y entramos a otro departamento, esta vez a jugar Super Contra. Luego volvimos a las Galerías Brasil a seguir mirando detenidamente todo lo que había hasta que me di cuenta de la hora: eran más de las 6 de la tarde y había excedido largamente cualquier cálculo que había hecho porque, según yo, a la hora de almuerzo regresaría a mi casa en Miraflores, pero el “vicio” pudo más.

Le dije a Coco que me acompañe, pero él también tenía que irse. Me indicó que vaya al frente de donde había bajado y tome el mismo carro de regreso. Eso hice. 

Mientras esperaba con los nervios de punta pues ya había oscurecido no podía dejar de pensar en todo lo que había visto: el Super Nintendo era real y se podían jugar los juegos de pimbol como si nada, era algo increíble que ningún “vicioso” podía haber anticipado.

Subí al micro, avanzó por la avenida Brasil y dio la vuelta en la avenida del Ejército, pero a unas cuadras de la avenida Angamos tuvimos que parar. Un operativo de control del ejército detuvo al chofer y empezó a pedir las libretas electorales y militares de todos en el vehículo. Estos documentos los debían tramitar a partir de los 17 años y yo tenía 14. Me dio terror pues siempre se escuchaban rumores de las “batidas” o “levas” de aquellos años. Si no tenías papeles te podían llevar a un cuartel y forzarte a hacer el servicio militar y a mí siempre mi abuela y mis tías me decían que parecía mayor por la estatura (creo que se lo dicen a cualquier adolescente) ante lo cual asumí que no me creerían cuando les dijera que era menor de edad.

Hicieron que algunos se bajen del vehículo para revisarlos y cuando finalmente llegaron hasta mi asiento que era al fondo solo les dije “soy menor de edad”.

Supongo que tenía cara de “chibolo pavo”, porque me dejaron continuar el viaje. Cuando llegué a casa eran más de las 8 y el toque de queda ya había comenzado, mi mamá estaba preocupada, pero yo llevaba la medalla de haber sobrevivido a una “leva” y estaba seguro de que podía volver a hacerlo muchas veces más con tal de seguir yendo a alquilar Street Fighter 2.

Continuará

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Nomofóbico Ahorrador