Los últimos días de Atari desde un barrio cualquiera
Ya era una costumbre ir a casa de Jaime a jugar casi a diario y pasados unos meses su papá le había conseguido algunos juegos nuevos como Pac-Man y Donkey Kong. Sin embargo, entre las novedades estaban los que quizás fueron nuestros favoritos de siempre; River Raid y Pitfall. De un momento a otro, ya no queríamos jugar nada más que esos 2 y es que era evidente que aquellos cartuchos no eran hechos por las mismas personas que hicieron los demás juegos (que ya nos sabíamos de memoria); en éstos nuevos los gráficos eran de colores sólidos y con fondo a color, a diferencia del parpadeo y los colores pálidos sobre fondo negro de los juegos hechos por Atari. Además, eran muy fluidos con una mejor precisión al controlarlos. Para diferenciarlos solo tenías que buscar su logotipo en la caja que decía Activision.

Y es que el pleito histórico entre Atari y Activision es digno de un artículo separado y hasta de una película: el punto es que Activision aprendió a hacer mejores juegos que la misma Atari. River Raid era lo más parecido a los juegos de navecitas de los “pimbols” (que era la palabra local que se comenzó a usar para referirse a los Arcade) y ambos juegos parecían interminables, especialmente Pitfall que fue una revolución.
Por mi parte, mientras esperaba que mi papá se anime a comprarme un Atari ,recibí mi primer videojuego para mí solo: un pequeño Game & Watch japonés llamado Neko Don Don!

Los juegos en este tipo de pantallas LCD son más antiguos que el Atari, pero recién comenzaron a popularizarse por estos lares a mediados de los 80 cuando aparecieron las réplicas chinas. Las más comunes eran en las que había un personaje que se movía de izquierda a derecha atrapando algo, generalmente objetos que caían. Por suerte, Neko Don Don! era más complejo. Había movimiento vertical y horizontal además de un botón de ataque. El personaje principal era un gato que tenía muchas celdas de “animación” y los ratones que eran los rivales también. Las horas que le dediqué fueron insanas y me sirvieron para complementar las horas de Atari en casa de Jaime y sobre todo para seguir armándome de paciencia hasta que llegara el corso anual y volviera al Bing Bang.
Anécdotas del “vicio” que presagian un cambio
Los cambios son difíciles de describir, sobre todo aquellos que significan cambiar algunos “paradigmas”. Si tienes alrededor de 10 años eso podría significar mudarte de barrio, cambiar de colegio o comenzar a escuchar bombas en tu barrio; solo por poner algunos ejemplos.
La preocupación en la cara de la gente era palpable: ya escaseaban muchos alimentos básicos y como se racionaban íbamos con mi hermano y mi mamá para que nos vendieran medio kilo de cada cosa (arroz, azúcar, etc) a cada uno. Las noticias de la violencia subversiva eran cada vez más alarmantes y ya no nos dejaban estar hasta tan tarde en la calle. También se comenzó a poner cinta adhesiva en forma de “X” en las ventanas para que resistan cualquier estruendo de explosivos y cada vez iba menos gente al centro de Lima, que era donde mi familia tenía su negocio.

A nivel “vicio” hubo un cambio que sentaría las bases de lo que es un “vicioso” (antes de esto solo teníamos el Atari y los “pimbols” y ya conocíamos las limitaciones y desventajas de cada uno).
En el caso de los juegos de Atari (incluidos los de Activision) siempre llegaba un momento en que finalmente todo se repetía y ya no había reto alguno, pero en el caso de los “pimbols” era más complicado: cada vez era más común ver algún nuevo local en algunos barrios cerca a mercados o avenidas comerciales. Estos juegos se ganaron la fama de tragafichas ya que terminabas pagando para solo unos minutos de juego por sus gráficos (espectaculares comparado al Atari), pero su alta e injusta dificultad demandaba demasiado dinero si querías superarlos.
Otra desventaja del “pimbol” es que se empezó a llenar de lo que hasta hoy los noticieros llaman “personas de mal vivir”. Eran los años en los que el fenómeno social de “los pirañitas” comenzó a aparecer debido a la crisis económica que avanzaba a paso lento y muy seguro. Una vez recuerdo haber entrado al local que estaba en el mercado de Surquillo al que solía acompañar a mi mamá, vi un nuevo “pimbol” y le rogué que me compre un par de fichas a lo que accedió y me dijo: “solo 15 minutos, voy a comprar y vengo a recogerte”. Me quedé rodeado de gente más grande que yo, pero todos estaban jugando algo y yo buscando en qué gastar ese par de fichas. No recuerdo exactamente que elegí, pero debe haber sido algún beat’em up de vista lateral ya que era lo más común en aquellos años y tampoco había muchas opciones siendo un local pequeño. Para mi mala suerte, a los 2 minutos de meter la ficha en la máquina se me acercó un chibolo más grande que yo y me dijo con voz ronca “amigo, yo te lo paso” y sacó con gentileza (por decirlo de alguna manera) mis manos de la palanca y puso las suyas: me había quitado mi juego… yo solo atiné a pararme a un costado de la puerta esperando que regrese mi mamá mientras trataba de que no se note que estaba llorando de miedo y cólera.
Había días en los que el papá de Jaime juntaba sus descansos y esos días no podíamos ir a su casa, podían ser 2, 3 o 5 días; era el descanso de su viejo así que caballero nomás. El nos avisaba cuando ya se había ido, pues sus jornadas en la policía aduanera eran largas y no lo veíamos con frecuencia. Un día como cualquiera nos llama a todo el grupo de la cuadra (incluyendo a quienes no solían ir a jugar Atari) y nos dice “Vengan a mi casa, tengo algo que mostrarles”. Ya para este momento yo era el único que no se había aburrido del Atari y pensamos que era un nuevo cartucho “¿es un nuevo juego de Activision?” pregunté. No quiso darme ninguna pista.
Cuando entramos en grupo a su cuarto lo noté más desordenado de lo usual; más ropa amontonada en un rincón, un par de platos de comida en la mesa de noche y algún vaso vacío junto a unas bolsas de las galletas de aquellos tiempos como las Miami, Pipos o la mítica Charada de maní. Y por supuesto el olor de alguien que no salió de ese cuarto por lo menos un par de días y seguía con la misma ropa.
De pronto encendió la tele al mismo tiempo que nos develaba la novedad: era un nuevo aparato, una caja plástica color gris y negro mucho más cúbica que el Atari 7800 que era achatado. Nos entregó los nuevos controles que distaban mucho de la tosca e incómoda palanca con los botones a los lados a los que estábamos acostumbrados, eran pequeños dispositivos planos con una cruz al lado izquierdo y 2 botones rojos a la derecha y unos botoncitos en el centro… “¿Con esto vamos a jugar?” pensé y recordé los botones de Neko Don Don!
Cuando sacó el cartucho era mucho más delgado y alargado, se introducía dentro de la consola como si fuera un Betamax. Cuando lo encendió vimos la diferencia al momento; gráficos, colores, movimiento y una pegajosa tonada de fondo todo en simultáneo. ¡Era Super Mario Bros!
Luego nos enseñó una pistola de color naranja, reinició el cartucho, apareció un perro cazador y comenzaron a volar unos patos a los que podías disparar. ¡Era Duck Hunt!
Nos tomó unos 2 a 3 días pasar el nivel 1-1 de Mario y cuando vimos que bajábamos por un tubo hacia el subterráneo nos voló la cabeza pues no era igual que Pitfall donde había 2 caminos en paralelo; estos eran mundos diferentes. Luego fueron un par de días más para superar el nivel 1-2 y el nivel 1-3 fue especialmente difícil. De pronto un día llegué a su casa y me dijo: “¡hay un castillo con fuego y un dragón en el cuarto nivel!” Nos tomó otro buen par de días entender como vencerlo y pensamos que ese sería el final del juego, pero continuaba más y más… parecía interminable. Entre el Nintendo Entertainment System (NES) y Super Mario, además de la mala experiencia en el “pimbol” del mercado, comencé a dejar de extrañar el Bing Bang. Lo único malo era que tenía que esperar a que la mamá de Jaime le dé permiso para que yo, “el vicioso” entre a jugar a su casa.

Hiperinflación y el “vicio” como escapismo
Según algunas personas la palabra “Crisis” en chino está formada por 2 caracteres y uno de ellos significa “oportunidad«. Yo no sé chino, pero parece que todo el Perú antes de 1990 tampoco. Ya la falta de oportunidades abrumaba a los adultos del hogar; la economía estaba siendo devorada por una hiperinflación atroz y el caos social que causaba el terrorismo estaban deteriorando la calidad de vida de todos casi sin excepción.
A pesar de todo, “los viciosos” teníamos en que distraernos. Por aquellos años se comenzó a promocionar el primo lejano del NES: el Maxplay. Lo vendían en las tiendas Hiraoka y los fines de semana tenía anuncios a página llena en los diarios. También se promocionaba los sábados en un concurso en el programa “Triki Trak” de canal 4, no me lo perdía por nada a pesar de ser un segmento de no más de 15 minutos ya que algunas veces mostraban juegos que no conocía.
El Maxplay no era otra cosa que una versión “alternativa” (ósea pirata) del Famicom, (versión japonesa del NES), por ello tenía unos cartuchos más pequeños además de llegar a diferentes mercados donde se vendía contrabando a precios más asequibles.

Ya había pasado más de un año desde que Jaime nos enseñó el Nintendo y el ya tenía algunos juegos más y en la siguiente navidad algunos amigos del barrio ya tenían su Maxplay o alguna variante “alternativa”. En cuanto a mi familia la situación se iba complicando; cada vez comíamos menos carne, no nos compraban calzado hasta que sea estrictamente necesario, me comenzaron a sacar del salón en los exámenes bimestrales en el colegio pues mi papá debía la pensión y además cada día lo veía más preocupado.
El negocio familiar era un restaurante de comida criolla en la calle Lampa en el centro de Lima que fue el centro financiero de la ciudad por aquellos años. Había logrado una buena cantidad de clientes fijos después de años de trabajo, pero con la crisis en curso el panorama de la ciudad cambiaba día a día. Por ejemplo, un día aparecieron 3 vendedores ambulantes frente al restaurante, al día siguiente eran 5 y para el fin de semana toda la cuadra estaba llena, eran los años de la migración masiva del campo a la ciudad. Este fenómeno se repitió en todo el centro histórico lo que hizo que una ciudad que ya era mal gestionada se convirtiera en un caos. Pero lo más grave fue la hiperinflación, el dinero de las ventas de un lunes ya no tenía el mismo valor el martes y mucho menos el miércoles lo que hacía insostenible cualquier negocio. Recuerdo que mi viejo venía a diario con un portafolio negro (como esos que usan los espías en las películas para hacer intercambios), se echaba a dormir y yo lo abría, siempre estaba lleno de billetes y algunas veces los contaba para saber si ahora sí le iba a alcanzar para comprarme el Maxplay en Hiraoka. Y claro, le hubiera alcanzado, lo que no entendía era que si él se gastaba esa plata era todo su capital de trabajo para el día siguiente.
Por supuesto esto hizo que mi sueño de tener mi propio Nintendo sea cada vez más y más lejano, pero era un niño que había caído en “el vicio” y no iba a dejar de intentarlo.

Cómo trataban a un vicioso en los 80
Hoy en el 2024 la afición del videojuego es algo común entre las personas más jóvenes, sobre todo si tienes menos de 35 años. En mi opinión esta aceptación coincide con la generación que después de 1995 creció con la consola que llegó a las masas: el primer Playstation, (esa historia la veremos pronto)
Pero a finales de los 80 si decías que querías ir a un “pimbol” te daban el sermón de que la “gente de mal vivir” los frecuentaba. Mucho tenía que ver el ruido ininteligible que se podía escuchar media cuadra antes de llegar, el penetrante olor a cigarrillo, las luces de luces de neón en las paredes y gente hipnotizada frente a una pantalla que era más grande que el televisor promedio de cualquier hogar (televisor = daño a la vista para muchos). Te podías ganar gratis frases como “Esos son lugares a donde van para enviciarse ¿acaso tú también eres vicioso?”. Como ya he contado, esta palabrita tenía una carga negativa. “Vicio” podía ser cualquier cosa; alcohol, drogas y entrar a un ambiente donde te dañabas la vista a unos centímetros de una pantalla mientras te estupidizabas sujetando esa palanca con vehemencia que en medio del trance del “enviciamiento” nos veíamos como cavernícolas adorando el fuego.
Y si querías que te regalen una consola el argumento en contra era sencillo: no estamos en condiciones de comprar algo tan caro. Así de lapidario y real.
Por suerte no eran mis padres los que me trataban como “vicioso”, eran mi abuela, mis tías y las vecinas del barrio. Toda una comparsa de cucufatería que casi cualquier niño, niña o adolescente con aficiones inusuales ha tenido que tolerar alguna vez. Y si esto pasaba sin que yo tuviera una consola ¿Se imaginan si la hubiera tenido? ¿Fue esta una de las razones por las que mi viejo nunca se animó a regalarme un Atari?¿Llegaría alguna vez a tener “el vicio” dentro de casa?






